Recent Posts

domingo, 21 de febrero de 2016

My dad always tried to force me into learning many things.
But only the subtle , those I only overheard from him, were the ones I actually learned.
Fire - Water - Air - Earth
He used to make fun of me when I talked about God.
"Only in Nature I believe" he would say.
On his last years of life he got obsessed with baking bread.
He bought an electric bread maker and experimented with different recipes and flavors.
He would ask us to taste them often, during the weekly lunch that we had together, but never got to impress me.
He had lost my attention many years before that.

It took us months to figure out what to do with his belongings when he died.
He had piles of folders filled with articles on all kinds of information. From world-wide recipes to Egyptian culture.
The last piece that remains stuck on my grandma's garden, is a huge fridge filled with concrete that my dad was planning on turning into an oven.
I always thought he was a bit crazy, but now I think he was kind of wise.

Watch this, and discover the wonders of food. It is naturally amazing.

jueves, 4 de febrero de 2016

Hace unos días fui a un mercado cerca de casa, para comprar yerba.
Habíamos estado averiguando con Frank donde conseguir, y la opción más barata era este local de especias y tés.
Caminé guiada por el gps de mi celular sin internet. Me resulta imposible ubicarme en Amsterdam donde cada esquina es igual, con sus casitas hermosas cayéndose de costado por el tiempo, y los canales y puentes que hay que cruzar cada 3 cuadras, y las bicicletas amontonadas contra las barandas de hierro, bicicletas nuevas y bicicletas oxidadas, bicicletas que parecen no tener dueño y otras que se parecen a sus dueños como si fueran mascotas.
No distingo una esquina de la otra más que la esquina de mi cuadra, donde hay un autito-scooter azul estacionado para siempre bejo el cartel que dice "Noorderstraat".
Cuando llegué al mercado me desilucioné. Parecía el mercado de Bethnal Green lleno de ropa barata y sucia, antigüedades amontonadas y cubiertas de polvo que sacaban a la luz desde los galpones de la cuadra.
Pero bueno mi única misión era encontrar yerba mate, así que me dediqué a su búsqueda.
Encontré el local. Grande y profundo, que desembocaba en la mitad de este mercado de mal gusto, con estanterías que rebalsaban de especias, semillas y yerbas. Adentro estaba oscuro, la luz del día no alcanzaba a iluminar el fondo, y había pasillos de más productos, tacitas japonesas para el té, inciensos, adornos de madera y colgantes indios. En la profundidad del local, destrás del mostrador, me atendió un viejito que seguramente era el dueño. Le pedí en inglés lo que buscaba, y él casi sin entender mis palabras, se ve que pescó algo y me mostró con una cuchara de madera un poco de yerba para asegurarse deque era eso lo que buscaba.
Había algo de familiar en este local que me recordaba a los locales de barrio de Buenos Aires, los más viejos, los pocos que quedan, o tal vez los que quedaban en mi infancia. Las mercerías, las ferreterías y las dietéticas. Con sus olores particulares y el estilo de exposición de cajitas, sobres y bolsitas.


sábado, 23 de enero de 2016

Pero Frank se envuelve en el acolchado y meneando acostado sobre la cama canta afinando la voz:
"who run the world? / girls! / who run the world? / girls!"
Yo digo "what are you singing?" y él contesta "this song by... Jay-Z, and...."
"Beyonce?"
"Yeah. Who rule the world? - girls!" y sigue bailando, ignorando completamente lo ridículo de su repertorio.
"Did you know they are married?" le pregunto entre risas.
"Yeah, unlucky me" me contesta interrumpiendo la canción por solo ése segundo y retomándola instantáneamente.
Un desconocido no sabría si se refiere a su mala suerte de que Beyonce está casada o Jay-Z...

Cuando Frank está aburrido tiene explosiones de energía, ridículas como ésta.
De hecho así es como empezó nuestra relación.
Un día aburrido en el trabajo él estaba cantando cerca de mi escritorio "So I just met you - and this is crazy - so here's my number - so call me maybe". Me robó un pedazo de papel, me sacó la lapicera de la mano y anotó un número de teléfono. Después se fue cantando. Tuve que buscar en la agenda de la empresa a ver si era su número real o me estaba jodiendo...

En fin. Después del estribillo de Beyonce, después de los pasitos de baile en pijama y en horizontal, dejó caer su cabeza sobre la almohada y se quedó quieto de golpe. Giró hacia mí. El cuarto estaba un poco celeste porque nuestro acolchado es rallado en distintos tonos de azul, y a esa hora solo quedaba un poco de luz afuera que entraba por la ventana iluminando todo de gris.
Solo podía ver un brillito en sus dos pupilas, la silueta de sus rulos despeinados, y el paisaje verdoso del jardinsito de afuera que hacía de fondo.
"I love you"
"I love you too baby"
"No, but, I love you, really"

Viste cuando las palabras tienen un significado, y después las mismas palabras tienen otro significado, pero es el mismo significado, pero, NO, es distinto. Es como lento, y pesado, y todo se detiene en ese concepto, es como si escucharas la frase una primera vez. Como si la familiaridad de un lenguaje se borrara de golpe y descubrieras ahí, un nuevo significado, una nueva expresión.

6 meses y un día.

"I love you"
"Why?"
"Because you make me laugh. And you?"
"Mostly because you are a good person"
"You are the most beautiful person in the world"
"Who me?"
"Yes"
"There are a lot of people as beautiful as I am... Ghandi, Mother Teresa, Nelson Mandela, Jesus"
"Allen Ginsberg"

Creo que yo hablo desde mi amor al arte y él habla desde su alma de niño.

Hoy le expliqué que cuando veo que en el futuro tendemos a perder las cosas que nos hacen felices, tal vez la juventud (de alguna forma en mi cabeza hay una relación entre juventud y felicidad que tengo que aprender a desatar) pienso en él, siendo ese niño eterno, y confío en que voy a tener cerca siempre una fuente de felicidad. Me veo, en ese futuro riéndome. Me veo riéndome en familia. Me veo riéndome con cosas simples. Me veo riéndome frente a una mesa con una cena servida. Me veo riéndome a medianoche en una habitación casi sin luz.

Hace unos días me dijo que le dolía la panza. Habíamos comido lo mismo los dos, y yo no sentía ningún malestar. Le pregunté si estaba seguro que no había comido nada más que el plato de pasta a la noche, y las tostadas con palta del mediodía. Dijo que no. Estaba acostado en el sillón, envuelto en la frazada roja, mirando la tele, un poco molesto y haciendo puchero como un chico. Encontré al lado del sillón, una caja de caramelos semivacía, y se la mostré. Sonrió avergonzado y se tapó la cara con la frazada.

Un día a la noche, se levantó de la cama y fue a la cocina. Yo creí que quería tomar un vaso de agua, pero cuando volvió, me dio un beso con gusto a yogurt de frutilla y banana.

Sus desayunos consisten en pan blanco con manteca, manteca de maní y mermelada de frutilla. (Los 3 juntos) y si a la noche no tiene ganas de cocinar, su cena consiste en pan blanco con manteca, manteca de maní y mermelada de frutilla. (Los 3 juntos)

Tiene distintas risas para todo.

Tiene una para cuando algo le da vergüenza.
Tiene una para cuando algo le parece ridículo.
Tiene una bajita y corta para cuando algo le parece tierno o le despierta dulzura.
Tiene una para cuando algo le da cosquillas.
Tiene otra para cuando se ríe de chistes en la tele.

En el depto nuevo tenemos tanto espacio que a veces él me llama desde el living, a mí que escribo en mi compu sobre la mesa de la cocina, y después corre varios metros sobre el piso plastificado y se deja deslizar hasta llegar a mí, terminando con una pose como las de Blades of Glory.

Convivencia...

viernes, 8 de enero de 2016

No puedo terminar El Pasado. Lo he intentado cientos de veces pero me topo con las polaroids que dejé dentro del libro y mi mente automáticamente viaja hacia algún recuerdo, o las frases complejas y perfectas y sofisticadas de Alan Pauls me urgen escribir y a veces, ni siquiera eso puedo, escribir, no escribo hace un tiempo, pero cierro el libro, porque quisiera sentarme a escribir, más que seguir leyendo, y entonces, no puedo terminar El Pasado.
Segundos atrás dejé pasar mi último intento de terminarlo, creo que se nota en la extensión de ese primer párrafo, tan invadido de un estilo ajeno, al menos el que me ha llevado a superar estos meses de silencio.
Ahora en español y con una gramática un tanto pretensiosa, me encuentro decidiendo que ese será definitivamente mi último intento. El último que acaba en una pared inútil. El último y definitivo, el que da paso a una primera vez en mucho tiempo, en que ese impulso desemboca en un uso proactivo de la inspiración.
Entonces cómo llegué aca?
Cómo llegué a este lugar del que estoy a punto de salir? Tal vez por esa promesa, las palabras ahora fluyen confiadas.
Unos meses atrás Frank y yo planeábamos un fin de semana fuera de Londres.
Lo único que habíamos decidido era la fecha, pero el destino era un manojo de opciones infinitas.
Fantaseamos con una cabaña en medio del bosque, en algún lugar remoto de Finlandia. Yo soñaba con una estadía colorida, exótica y silenciosa en las ciudades antiguas de Marruecos. Cuando mencionaba “vacaciones” mis compañeros de trabajo ofrecían todo tipo de ideas: un fin de semana en las montañas de Bulgaria, un pequeño viaje por las rutas del Sur de Francia, hubiera seguido los familiares pasos de Winterbottom a través de Génova, una ciudad Italiana que siempre quise conocer después de ver su película, o también hubiera buscado a Sylvia en Estrasburgo. Pero plena temporada, nuestra fecha se acercaba rápidamente y los precios aumentaban. Nos dimos cuenta de que estábamos improvisando demasiado, para hacer alguna de esas locuras viajeras había que planearlo mejor o nos costaría muy caro.
Entonces lo decidimos. Ibamos a ir a París por el fin de semana. El pasaje en micro era baratísimo, y podríamos gastar el dinero en el hospedaje. Yo había ido a Paris unas semanas atrás con Luciano, pero Frank y yo nos habíamos quedado con ganas de disfrutar la ciudad juntos y solos. Era el destino ideal para improvisar y planearlo rápido.
Pero justo antes de comprar los pasajes, cambiamos de idea. Frank había querido durante meses mostrarme un parque de diversiones en Holanda, a donde iba cuando era chico con su familia. Y el precio de los pasajes en bus era equivalente a viajar a Paris. “Long story short” viajamos en avión a Amsterdam y teníamos la vuelta en bus.
El plan era primera noche en Amsterdam, después De Efteling, un día en Zwole, su ciudad natal y volver esa noche a Amsterdam para pasar un día más antes de volver a Londres.
Llegamos con el tiempo justo a Gatwick para tomar el avión. Nuestro vuelo salía de la terminal 4, a la que se accede con un tren interno desde la terminal 3. Esperamos en el pasillo hasta que el próximo tren llegó completamente vacío para trasladar a la siguiente tanda de pasajeros. Nosotros estábamos primeros parados delante de una de las puertas, y cuando finalmente pudimos entrar, vimos un bolso negro olvidado en el centro del vagón. Lo miré a Frank, sé que los dos pensamos lo mismo. Le dije que debíamos avisarle a alguien, pero miramos a nuestro alrededor y no había ningún guardia. No teníamos todo el tiempo del mundo y el tren comenzó a llenarse de gente. Teníamos que tomar ese vuelo, así que desistimos y subimos al tren.
“Mejor prevenir que curar” resonaba en mi cabeza y una sutil culpa me invadió el cuerpo durante los pocos minutos que dura el viaje de la estación 3 a la 4. En cuanto a “qué” sé que pensamos los dos cuando nos miramos, es “ataque terrorista”. Ya había vivido suficientes años en Londres como para notar que la falta de tachos de basura en King’s Cross y otras estaciones clave, se deben a la prevención de estos ataques. Y el audio de la mujer diciendo “no deje su equipaje descuidado, cualquier artículo encontrado sin supervisión será destruido” suena ya como un mantra en mi cabeza, parte de la naturaleza de este continente. Se siente como si estuviéramos programados para temer este tipo de situaciones. Si ves un bolso abandonado, tenés que avisar.
Pero nosotros no avisamos, seguramente no era nada…
Pasamos una noche en Amsterdam, después un día hermoso en De Efteling y otro día empapado en Zwole donde festejamos el cumpleaños del hermano de Frank comiendo papas fritas y tomando cerveza.
Cómo terminamos durmiendo en El Hilton de Amsterdam es una pequeña historia que tal vez contaré en un futuro, pero el hecho que opacó todo nuestro fin de semana, y tal vez el hecho que inauguró mi silencio, fue la noticia con la que nos encontramos cuando prendimos la tele de la habitación después de haber hecho el amor.
Recuerdo ese segundo en que volví a la cama envuelta en la bata blanca, mientras me acercaba Frank dijo con el control remoto en el aire, y sin volver su mirada hacia mí “algo pasó en París”.
No dije nada, no pregunté qué, me senté en la cama preocupada, como si no hubiera ni la mínima chance de que “eso que había pasado en París” no fuera digno de una absoluta atención.
A esa hora de la noche el número de muertos era una especulación que rondaba los 150.
Había todavía 90 rehenes dentro del Bataclan, y comenzaban a llegar las noticias de los ataques paralelos en distintos puntos de la ciudad. Ese día se filtraron varios videos, de los cuales recuerdo uno en particular, donde un hombre filmó con su celular desde la ventana de su casa, gritando “
S'il vous plaît , ce qui se passe ? “ a la gente que corría por la calle arrastrando cuerpos, escapando de los incesables disparos que se escuchaban extrañamente cerca para ser una simple calle en un simple barrio de París.
Las pesadillas comenzaron esa noche. Nuestro último día en Amsterdam lo pasamos caminando tranquilos por las calles grises de un día lluvioso, contactando a los amigos que posiblemente pudieran estar en París ese día, chequeando que ellos y sus seres queridos estuvieran bien. Era una ruleta. Cualquiera podría haber estado en uno de los puntos atacados. Podríamos haber sido nosotros. Podríamos haber estado ahí tan fácilmente. De hecho, íbamos a estar ahí, ese mismo día, pero una idea, solo una idea, desvió nuestro destino. No había nada que impidiera que estuviéramos ahí ese día, más que otra opción igual de factible.
Pensé en el bolso negro. Nos prometimos jamás obviar una situación así otra vez. Que estúpidos.
Pensé en Cromangon, hasta ese día lo más terrible que había visto por televisión ocurrirle a quienes podían ser mis amigos, mi familia, yo misma.
Pero esta vez tuve miedo del mundo. De seres humanos como todos nosotros, tan reales como Frank, como mis hermanos, capaces de matar uno detrás de otro, a cientos de desconocidos.
Nos sentimos protegidos por la humanidad del criminal, a veces, ante una situación de peligro hipotética, creemos que al menos “matar” es difícil para cualquiera y que podemos salir vivos de una situación violenta.
Este no era el caso. Los que sobrevivieron los ataques lo hicieron de casualidad. El objetivo único era matar. No “matar a alguien”. El objetivo y el mensaje era solo MATAR.
Mi mamá, que toda mi vida me había llamado preocupada por distintos motivos, sobre todo sus alucinaciones dramáticas maternales, esta vez, ni había intentado comunicarse conmigo. Obviamente ella ni siquiera contaba con la posibilidad de que estuviéramos en Paris en ese preciso momento, pero yo sabía que sí, que lo más extraño era que no estábamos ahí, solo por un cambio en nuestros planes.
Le escribí a mi hermana en Portugal, y a mi hermano en Argentina. Sentía que tenía que recibir noticias suyas a pesar de estar tan lejos de lo ocurrido. Me sentí tan indefensa, insegura.
Teníamos que volver a través de Francia y mi mamá nos insistía que nos quedemos en Amsterdam.
Económicamente no era posible.
Yo sentí genuinamente miedo de volver a Londres.
Durante los días siguientes las amenazas aumentaron con el Reino Unido como uno de los principales blancos, los fuegos artificiales nunca cesaron en la ventana de mi cuarto y las sirenas de policía aumentaron considerablemente.
Me encerré en mi cuarto durante días mientras no tuve que ir a trabajar, y prefería pasar todo el tiempo con Frank, fuera o dentro de la casa, si pasaba algo, nos pasaba a los dos.
Me enojé tanto con los vecinos. “Les parece un buen momento como para andar tirando fuegos artificiales?” le decía a Frank cada vez que escuchaba un petardo desde mi habitación. Explosiones que no cesaban desde ese pasado 5 de Noviembre.
Policía armada custodiaba las estaciones de subte, y a cada ruido anormal yo reaccionaba con un saltito de miedo. Observaba a cada persona que pasaba a mi lado, y me he sentido mareada al intentar poner ojos en cada uno de ellos, siendo tanta la gente en las calles de Londres.
Me vi a mi misma desconfiando de desconocidos.
Practiqué en mi mente tácticas de escape.
Y cada noche. Una detrás de otra, soñé que hombres de negro invadían un lugar común y disparaban con armas de guerra al azar. Siempre un lugar distinto. Un lugar conocido distinto. Y siempre alguien distinto moría en mis sueños. Yo he recibido disparos, me he escondido en lugares oscuros, y hasta he trepado árboles en mis sueños para escapar de estos hombres armados. Casi siempre me encontraban. Casi siempre presenciaba un asesinato, o varios. O pretendía mi propia muerte para no atraer su atención.
Algunas noches concilié el sueño únicamente a la madrugada, bajo el efecto agobiante de querer irme de esa ciudad instantáneamente, quedarme un minuto más era tortura.
Un día, viajando en subte, se abrió de golpe una ventanilla de ventilación, y entró una ráfaga de polvo que nos abrumó a todos. Me asusté, especulé, creí que algo pasaba, que era un ataque. Miré a mi alrededor y todos los demás pasajeros se recuperaron del susto rápidamente. Frank me dio la mano y respiró hondo como aliviado de que en realidad nada había pasado.
Faltaba solo una semana para el último día de trabajo de Frank en Tonic and Remedy, y llegaba fin de mes. Le dije que me quería ir. Que podíamos ir a Amsterdam como él había propuesto meses atrás.
Era el momento ideal, porque si nos íbamos ya mismo, no debíamos volver a pagar la renta el siguiente mes, y podíamos usar ese dinero para una renta en Holanda. El debía buscar un trabajo nuevo y era lo mismo buscar en Londres que en Amsterdam. Dejar mi trabajo no era el fin del mundo, recién había empezado, y no significaba un factor de apego con Londres. Sumado a todo esto, mi amor por Londres se veía considerablemente opacado por el miedo que me invadía cada vez que salía de mi casa.
Long story short again: la familia de Frank nos ofreció una casita de vacaciones en Warmond, un pueblo a media hora de Amsterdam en tren, que podíamos alquilar mientras buscábamos trabajo y un departamento propio. Instalados en Warmond buscamos trabajo y fuimos a Amsterdam numerables veces para entrevistas y en búsqueda de nuestro propio hogar.
En el pueblo nos aburrimos mucho, miramos muchas malas películas, pasamos las fiestas con pocos lujos, Navidad con la familia de Frank y Año Nuevo con una cena romática solitaria, frustrada por una mala selección de recetas.
Pero el 2016 nos recibió con la energía renovada. Ideas inspiradoras que me mantienen ocupada y buenas noticias, que nuestros planes y nuestras acciones nos están llevando a buen puerto.
Londres tiene fama de ser una ciudad difícil. Difícil de pagar, difícil de digerir. También difícil de abandonar, es cierto, incluso Frank lo siente a veces (lo sé).
Pero era el momento indicado para darle una oportunidad a otra ciudad, a mostrarme ese lado de Europa que no conozco. Donde una ciudad no te chupa hasta tragarte.

Continuará…

domingo, 18 de octubre de 2015

Mientras él se duchaba yo seguía descansando en la cama, leyendo pavadas, mirando fotos en mi celular, sin ganas de levantarme.
Entré en el último posteo de Nirrimi y leí el extenso relato de su actual historia de amor.

Leí conciente de los tantos miles de lectores que también se enfrentan a sus vivencias, y fui conciente también, de su juicio. Y así, de la valentía de Nirrimi al describir, que aunque no haya explicación, sí, ella sabe que encontró el amor, en un solo día.

Madre soltera, joven e ingenua, no le importa para nada estar bajo la lupa de muchísimas personas que a causa de su propio aburrimiento, optarán por criticarla.
En cambio, sus palabras se centran en esa sensación intensa y espontánea de haber encontrado en cuestión de horas, alguien que le avivó el corazón.

Me arrepiento. ahora, de no haber sido transparente, abierta y generosa con lo externo, (sea lo que eso sea) de no haber dicho, escrito, dibujado o grabado el hecho de que, ayer no lo estaba, pero hoy, estoy enamorada.
Sí así de rápido como no se supone que pasa, así de rápido como le pasó a Nirrimi, así de un día para el otro, alguien que yo no esperaba, me robó todas esas ideas de libertad, de que yo soy solo yo, y me convirtió en alguien más. O en algo más.

No le temo a la simbiosis ahora. No le escapo a los conceptos del amor. No intelectualizo ni minimizo el extrañarlo todos los minutos de todos mis días teniéndolo o no cerca, porque aunque la presencia sea material e innegable, tangible y evidente, tendría que desmaterializarme, volverme aire y entrar en él, para sentir que le doy todo lo que quiero ofrecer. Tal vez ni así.
Me arrepiento ahora, de no haber dicho las palabras que esos ojos reclamaban, esa noche, la primera noche que callé lo más intenso, por un, débil pero presente, temor a mí misma.

Salió del baño con la toalla en la cintura y me miró mientras yo leía, con el cepillo de dientes dentro de la boca, tratando de comunicarse con sonidos inentendibles. Levanté la vista del valiente relato de Nirrimi, habiéndome detenido en una porción literal de su diario “I want a lifetime of sleepless nights with you. Yesterday you were a stranger, tonight you were my world.”
Lo miré, pero lo observé, lo desarmé con los ojos y lo ensamblé enterito de nuevo en este mundo de lo real. La luz del baño caía sobre su espalda húmeda, una luz de tungsteno, luz de tungsteno retratada con película para día. Le dije que lo amo, (todavía decirlo en español me suena pesado dentro de la cabeza, en Ingles es mucho más simple, literalmente menos difícil, expresarlo) y me contestó con una media sonrisa que movió el cepillo de dientes hacia un costado de su cara, e hizo un sonido abstracto, que no debía por qué entenderse, sino debía hacerme reír, y con las manos dibujó un corazón enorme en el aire y agregó un sonido, que solo en cantidad de sílabas fue igual a "with all my heart".

No seguí leyendo, pero seguí arrepintiéndome. Cada segundo, cada uno de sus movimientos me parecían dignos de inmortalizar.
Y así el amor y la vida al arte se traslada a la vida dedicada al amor, de la única forma que sé hacerlo. Porque si hay un espacio para alguien en mi arte, entonces lo hay en mi vida. Y al revés.

Se sentó a mi lado y cerró los ojos. Comenzaba a sonar una canción que ama. 
-Te voy a escuchar cantar ahora?- le pregunté
-Pero solo sé la letra del estribillo- me dijo mirándome de cerca, compungido, como si supiera que si decía que no, yo iba a estar muy desilucionada. 
Entonces el estribillo llegó: "Hey, come on try a little / Nothing is forever / There's got to be something better than in the middle / But me & Cinderella / We put it all together / We can drive it home / With one headlight".
Ahora la luz de la mañana le hacía brillar los ojos, chinos, de un color ámbar líquido. Yo lloré bajo el sol, acostada en su cama. A veces siento que tiene una pasión contenida, y otras veces, esa fuerza interna, bondadosa y lumínica sale hacia afuera, por ejemplo, cuando canta una canción que adora.

Debía encontrarme con Naida a las 10:30 de la mañana. Las 10:30 se hicieron las 11, por letargo, y después hacer el amor, entonces las 12. Y le expliqué a Naida que no quería levantarme de la cama todavía, que la veía a las 12 y media. Y entonces el colectivo tardó mucho, y yo llegué a la 1.
Con justa razón esparaba encontrar a una Naida enojada, frustrada por mis múltiples portergaciones, pero en cambio, me sacudió haciendo ruidos de monstruo cuando apareció de golpe detrás mío entre la muchedumbre que recorría la estación de Brixton. Me abrazó tan contenta de verme que casi lloro del miedo contenido que tenía a su enojo, y me dijo que primero quería invitarme un café.

Caminamos por las calles coloridas de Brixton, mientras Naida me mostraba los distintos negocios y mercados pop-up que se habían instalado durante el verano debido al abrupto crecimiento de la zona. 
El día era un hermoso balance entre, a nuestra izquierda, una tormenta latente se contenía en una masa gris de nubes, y a nuestra derecha, el sol radiante colándose entre las hojas naranjas que ya poblaban de otoño los árboles. Olía a primavera y a pescado fresco. A café y a feria americana. A comida india y a lluvia seca. 
Nos sentamos en un pequeño café que cumple con los requisitos de Naida: Moderno casi minimalista, sofisticado, con luz blanca ideal para trabajar, tentador para usuario de laptops (mac sobre todo), granos de café importados de algún país tropical, y precios que no bajan de los ridículos £3 por un vaso de vidrio chiquito donde está de moda servir el "latte".
Yo no se cómo hace pero Naida encuentra uno de éstos en cada barrio de Londres. Y a todos, me ha llevado. Y en cada uno se comporta como si hubiera encontrado un lugar nuevo, diferente, especial, que Sofi debía conocer...
Entonces nos tomamos cada una un latte en vasito de vidrio con azúcar morena, porque la blanca, refinada, no es cool (ni sana, dícen) y hablamos del amor, y de Patti Smith y de todo lo demás que uno siempre habla con amigos (trabajo, falta de trabajo, plata, falta de plata, cuarto, falta de cuarto... o son éstos los tópicos de los amigos que viven en Londres nada más?).

Naida se tiene que mudar y quería que yo conociera su casa antes de que dejara de vivir ahí.
Hoy nos reunía un pequeño proyecto en el que está trabajando, recreando unas escenas del libro Just Kids para hacérselo llegar a Patti y, su meta es, evitar que la elijan a Kristen Stuart para el papel principal en la serie de tv basada en el libro, que está a punto de entrar en producción. 

Brixton brillaba. Con ese brillo que distinguía a Stoke Newington tal vez un par de años atrás, donde solo sus locales conocían su verdadero valor, y los externos renegaban de una superficial hostilidad, y tal vez, mala reputación. Acá las puertas de cada casa victoriana están pintadas de colores vivos, y aunque la arquitectura se repite en toda la ciudad, nada tiene de parecido a Hackney, Camden, o Wood Green. No. Brixton tiene alma. Un alma propia. Brixton tiene un sol propio. O será el día que me tocó?
No se, pero yo mientras caminaba, deseaba haber cargado mi Hasselblad más temprano, y poder estrenarla ahora, con este sol y estos murales de las calles de Brixton y la esquina de los poetas y Naida, dueña absoluta y despreocupada, de este mundo que se me ofrecía en una día otoñal perfecto.

-continuará-

necesito dormir


miércoles, 30 de septiembre de 2015

Nos pasamos algunas horas caminando por las calles de Amsterdam fantaseando con encontrar un par de máscaras del rey Guillermo Alejandro y Maxima, la argentina, reina de Holanda para mandarle una foto a nuestras familias.
Nos reíamos los dos solos de nuestra estúpida ocurrencia, pero llegábamos tarde a nuestro vuelvo de vuelta a Londres, y no volvimos a encontrar un negocio que vendiera las máscaras.
Las habíamos visto la noche anterior, cuando volvíamos al hotel de haber visto Menace Beach en un sótano ambientado con vitrales de iglesia que desplegaban imágenes satánicas y eróticas en placas de vidrio coloreado.
Yo me sentía mal, arrastrando 3 semanas de cansancio acumulado y como siempre, cuando el cuerpo entiende que se puede relajar, que puede sentirse mal, que puede quejarse, se queja.
Entonces dejamos el chiste de las máscaras para el día siguiente, pero ese día siguiente se fue como en minutos.
Tomamos un café con su hermana, almorzamos en un restaurant tradicional, y cuando nos dimos cuenta, había que volver a buscar el equipaje y correr al aeropuerto.
A veces estar despreocupado no es síntoma de que no haya por qué estarlo.
Perdimos el vuelo. Por algunas varias razones que se fusionaron entre sí para convertirse en el solo hecho de que, eso, perdimos el vuelo.
Yo mantuve siempre la misma sonrisa imborrable que probablemente se había tornado, para Frank, molesta. Nada me afectaba y cuando él empezó a estresarse, yo solo seguí sonriendo.
Que no pasa nada, que tomamos el siguiente, que es solo dinero, que ya no hay nada que hacer.
Frank fruncía la frente sin poder evitarlo. Seguía erguido derechito como siempre, alto y hermoso, pero ahora enojado, de mal humor, refunfuñando.
Y yo, debo admitir, que solo ocupé mi tiempo en imaginarnos en toda clase de situaciones estresantes, que en mi cabeza, solo simbolizaban un futuro con él. Con todo lo que eso implica. Suspiros de mal humor, corridas de desorganización, voces engrosadas de enojo. Pero entonces yo le sonreía a su mala fortuna (bueno, nuestra mala fortuna), porque eso indicaba que acá, en esto, estamos juntos. Y sería estúpido esperar que para siempre, eternamente, vivamos en una línea de coincidencias positivas, momentos placenteros, anécdotas vacacionales de ocio y descanso. No.
-Alguna vez perdiste un avión?
-No, nunca
-Yo tampoco. Siempre hay una primera vez para todo, no?
Sí. seguí sonriendo. Me paré en puntas de pie y le besé fuerte la mejilla. El seguía con la vista fija en el horizonte porque mirarme a los ojos sería caer también en la sonrisa, entonces se mantenía alto, mirando hacia adelante sin emitir más que ruidos de disgusto pero aceptando los besos como si fueran al menos, una leve señal de paz.

Antes de aterrizar el sol empezó a esconderse detrás de la enorme masa de nubes espesas que amenazaban con una pronta tormenta, pero que esperaban calmas el momento exacto, todavía no, todavía no llegaba la tormenta, primero el atardecer rojo, con el sol tan poco brillante, pero intenso, que se podía distinguir su contorno perfectamente circular. Un círculo definido y cercano, casi podíamos tocarlo, parecía asomarse solo para nosotros, un atardecer privado que nos miraba a nosotros, dentro del avión, pegados a la ventanilla. Alejé mi cara del vidrio para mirarlo a Frank que se apoyaba en mi hombro para poder también apreciar un pedacito del atardecer que se desplegaba afuera como una obra de arte. Estaba naranja, hasta los ojos, o el brillo de sus ojos, naranja. Me miró. Me dijo que nunca había visto nada igual y volvió a mirar para afuera después de decirme que yo también estaba naranja.
Creí notar que estaba llorando. Volví a mirar hacia afuera. Nos movíamos y se movían las nubes, y a veces el sol se tapaba, y justo antes de volver a destaparse, todo se tornaba rosado por algunos segundos, hasta que, al descubrirse el sol nuevamente, la luz lo arrasaba todo, todo naranja.
La masa de nubes que lo abarcaba todo a nuestro alrededor, parecía la superficie de un extraño planeta en el que estábamos entrando. No sabíamos si íbamos a caminar sobre ella, o nadar en esa superficie a veces aparentemente líquida, pero era otro mundo definitivamente.
No recuerdo si fue ahí en el cielo, o después, que le dije, que todo es increíblemente perfecto.





sábado, 26 de septiembre de 2015

Parece como si hubiera sido años atrás
Esa tarde que pasamos en Leadenhall Market
Besándonos hasta que el mercado se llenó de oficinistas.
Yo te reconocía la tempertura de la piel de la espalda
De un juego de memotest del pasado en el sur de Argentina
Casi hacemos el amor en el baño del subsuelo
Y no podíamos ni despegarnos para poder enfocar la vista en la cara del otro
Ni para aliviar el dolor de cuello que un día entero de besos contracturó.